Era el lunes 10 de setiembre, a las 3 de la tarde. Nuestra
plaza San Martín era, nuevamente, otra. Pero esta vez no era una manifestación
de algún grupo desfavorecido, ni la actuación de artistas callejeros
improvisados, ni el sermón de un convencido integrante de alguna iglesia,
tampoco el pedido fervoroso de apoyo a un partido político: era la fiesta del
libro, o la feria. Quizás todo lo anterior también estaba ahí, dentro de esas
carpas blancas, dentro de esos textos.
Un tumulto de gente caminando, observando, leyendo. Nosotras
nos dirigimos al Obispo Mercadillo. El grupo Cuentacuentos presenta su función.
Un grupo de mujeres apasionadas por lo que hacen, sin esperar otra recompensa que
despertar la misma emoción en su público. Un público de niños, adultos,
ancianos. Nos sentamos atrás. Inmediatamente nos olvidamos del lugar, de la
gente presente, de la feria. Fue entrar y perdernos en ese mundo de fantasía al
que nos invitaba la narradora, para reír, emocionarnos y volver de alguna
manera a un espacio ya transitado. Una campanita entre cuento y cuento y entre
narradoras.
Sofía Koconós, con tonada salteña finaliza la jornada
contándonos de los azares de un chico con su remera embrujada, haciéndonos reír y emocionarnos en unos pocos
minutos. Resultó quizás insuficiente el aplauso para agradecer.
Ese lunes compartimos la experiencia de perdernos y encontrarnos en esos relatos, en
esas voces y esos cuerpos que nos acercan y nos recuperan quizás de tantos
ruidos y soledades ciudadanas.
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